EL EFECTO CENICIENTA

No nos cansamos de ver en las noticias casos en los que aparecen mujeres muertas a manos de sus parejas. También es alarmante escuchar como el machismo y las conductas sumisas han crecido en los adolescentes. Desde el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, realizaron un estudio que demuestra que los adolescentes reproducen estereotipos machistas como revisar el móvil, imponer con quién puede relacionarse, controlar e, incluso, insistir en tener relaciones sexuales.

Desde la infancia, culturalmente se va creando un rol de género que se traduce cualidades-chicas-y-chicosen que ser chico es sinónimo de dinamismo, independencia y posesividad. En cambio, la mujer debe ser sensible, presumida y responsable.

Y es aquí, cuando surge el concepto de Efecto Cenicienta, es decir nos “disfrazamos” para agradar al príncipe y que éste pueda cumplir su papel de hombre Pigmalión, en el que pueda transformar a esa chica desvalida, que tiene menos valor que él, en una auténtica princesa. A su vez, la mujer recibe mensajes en los que tiene que demostrar que también puede ser reina y por eso vive anclada entre un mundo de protección y de peligros.

Este complejo de Cenicienta fue definido por Colette Dowling, haciendo referencia a aquellas mujeres que padecen este sindrome como motivadas por un deseo inconsciente de ser cuidadas, como consecuencia a un miedo de ser independiente.

Todo ello, y sabiendo que todo el proceso es mucho más complejo, puede provocar que las mujeres idealicemos a los hombres y que cuando encontremos a aquel príncipe que nos recate en su caballo blanco, no sepamos como separarnos a pesar de notar ciertos atisbos de machismo. El hecho de que haya cambiado mi comportamiento por él o ella hace que sea más difícil volver a mi yo real, puesto que el hacer y pensar cosas contrarias provoca un estado de tensión y desarmonía interna, que se conoce como disonancia cognitiva.

Además, a esto se une que no siempre la mujer o el hombre, víctima de malos tratos, ya sean físicos o psicológicos, tenga que tener una baja autoestima o ser débil, sino que también puede que se vea con superpoderes y pueda con la situación sin tener que pedir ayuda. Desde ambos polos, la persona aguantará estoicamente pensando que va a ser capaz de sacar el lado bueno.

Teniendo en cuenta esto, os dejamos una fábula conocida como El cuento de la ranita y el escorpión, que ilustra muy bien el hecho “no trates de engañarte con alguien creyendo que es o puede ser igual que tú; hay personas que sacaran su maldad sin importarles las consecuencias de sus actos, ni dañarse incluso a sí mismos”.

Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo: —Amiga rana, necesito cruzar el río. ¿Podrías llevarme en tu espalda? —No. Si te llevo en mi espalda, me picarás y me matarás. —No seas tonta —le respondió entonces el escorpión— si te picase, me hundiría contigo y me ahogaría. Ante esta respuesta, la rana accedió. El escorpión se colocó sobre la espalda de la rana y empezaron a cruzar el río. Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, el escorpión picó a la rana. La rana, al sentir picotazo y darse cuenta que iba a morir, le preguntó al escorpión: — ¿Por qué me has picado, escorpión? ¿No te das cuenta de que tú también vas a morir? A lo que el escorpión respondió: – Rana… mi amiga, no lo pude evitar, porque es mi naturaleza.

POR ESO, DÉJATE DE PRÍNCIPES AZULES PORQUE…

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Laura Ribagorda Gil

Psicoterapeuta de adultos y de pareja

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